Concepto de ciudadanía en la historia
• Grecia y Roma: Esparta, Atenas y Roma.
Esparta:
Esparta fue una de las principales ciudades-estado de la Grecia clásica, situada en torno al 700 antes de Cristo. Se podría considerar a Esparta como la peculiar creadora de la idea de ciudadanía.
• Grecia y Roma: Esparta, Atenas y Roma.
Esparta:
Esparta fue una de las principales ciudades-estado de la Grecia clásica, situada en torno al 700 antes de Cristo. Se podría considerar a Esparta como la peculiar creadora de la idea de ciudadanía.
Espartanos: una vida dedicada a la guerra
A los pies del monte Taigeto, en el Peloponeso, se alzaba la orgullosa ciudad de Esparta. Sus ciudadanos, educados con extrema dureza, perdían cualquier atisbo de individualidad para convertirse en guerreros ímplacables, cuyo único objetivo era combatir por su patria hasta la muerte.
A los pies del monte Taigeto, en el Peloponeso, se alzaba la orgullosa ciudad de Esparta. Sus ciudadanos, educados con extrema dureza, perdían cualquier atisbo de individualidad para convertirse en guerreros ímplacables, cuyo único objetivo era combatir por su patria hasta la muerte.
Una sociedad cuyos miembros eran educados desde niños para combatir, y cuyos ciudadanos sólo tenían como ocupación la guerra. Esto era Esparta: un Estado que hacía de cada hombre un soldado. La fiereza de los espartanos, su valor, su frugalidad y ese orgullo de hombres libres descendientes de los hijos de Heracles se convirtieron en modelo de radicalidad moral y de sometimiento de los ciudadanos a las leyes y costumbres de su ‘polis’, su ciudad. Esparta era una sociedad fuertemente cohesionada por una vida de cuño militar y una estricta educación, en la que los niños abandonaban pronto el núcleo familiar para tomar conciencia de su pertenencia a una ciudadanía igualitaria y solidaria a la que, llegado el caso, tendrían que defender con su vida. Una sociedad en la que la cobardía en los hechos de armas no conllevaba únicamente el deshonor, sino una exclusión social absoluta que llegaba a la prohibición de contraer matrimonio y de participar en instituciones y festejos públicos. La sociedad espartana se dividía en tres estamentos: el ‘demos’, los hombres libres, los únicos que tenían derechos; los periecos, emigrados de otras regiones de Grecia que vivían y trabajaban allí, aunque no participaban en las instituciones; y los hilotas, los esclavos, que provenían de los territorios sometidos de Laconia y Mesenia, podían tener familia propia, no eran vendidos y no vivían en las casas de los amos. Se decía que Esparta era la tierra en la que se podía encontrar a los hombres libres más libres y a los esclavos más esclavizados. Parece que Esparta surgió a inicios del siglo VIII a.C. como una unión de varias comunidades en torno a la ribera del Eurotas: las cuatro aldeas que formaban propiamente Esparta, a las que se añade el núcleo de Amiclas, al sur del valle. Los espartiatas estaban divididos en tres tribus dorias: ‘pamphylleis’, ‘hylleis’ y ‘dymanes’. Pocas décadas después de su unión, las cuatro comunidades llevaron a cabo una serie de guerras para ampliar su territoriohasta apoderarse de Laconia y, posteriormente, cruzar la elevada cordillera del Taigeto para someter Mesenia entre los años 740-720 a.C. Licurgo desempeñó un papel fundamental en la historia arcaica de Esparta, fue un célebre legislador que introdujo las reformas que caracterizaron el Estado espartano y dictó las leyes que marcaron la vida y costumbres de los lacedemonios, como se conocía a los espartanos por su país, Lacedemonia. En Esparta se prohibió el enriquecimiento individual de los ciudadanos y se castigó el ánimo de lucro; sus propiedades eran rigurosamente controladas por un Estado que prohibía la posesión de oro y plata, y que acuñaba una moneda de hierro de escaso valor y cuyo peso la hacía difícilmente transportable, algo que se convirtió en objeto de burla para el resto de los griegos. Desde el mismo instante de su nacimiento, los espartanos estaban al servicio del Estado: los muchachos, para ser soldados, y las jóvenes, para ser madres de los mejores combatientes. La educación estaba encaminada tanto al fortalecimiento físico que requería un hoplita como a la asunción de una férrea disciplina dirigida a borrar cualquier rasgo de individualidad.
Atenas:
Atenas fue la cuna de la democracia.
La ciudadanía se basaba en el principio de igualdad, en la libertad y en la participación.
La democracia ateniense
Fue imperialista, conoció episodios turbios y excluyó de su seno a mujeres, extranjeros y esclavos. Y, con todo, el régimen democrático de Atenas fue el único sistema político de la Antigüedad que hizo de la mayoría de sus miembros dueños de su propio destino. Es sabido que el término «democracia», «gobierno del pueblo», es invención de los griegos de la Antigüedad. Desde luego, su sistema no era exactamente el mismo que el de las democracias parlamentarias que se impusieron en Europa desde el siglo XIX, Pero tampoco puede negarse que en Atenas, la ciudad donde el régimen democrático griego alcanzó su máxima expresión, el pueblo tenía una conciencia muy clara de cuáles eran sus derechos e hizo todos los sacrificos necesarios para defenderlos. Aunque se cometieron errores y excesos, la democracia ateniense fue un logro extraordinario que tendría una influencia indudable en la génesis de la democracia moderna. Las raíces del sistema ateniense se encuentran en las reformas de Solón, en el año 594, por las que se restringuía el poder de la aristocracia, se daban una serie de garantías y prerrogativas a las clases populares y se establecía una legislación escrita igual para todos. Pero sería Clístenes, a finales del mismo siglo VI a.C., quien creara el modelo político que perviviría durante casi tres siglos. Su punto de partida fue una nueva ordenación del pueblo en tribus, un total de diez, establecidas con arreglo a criterios de equilibrio social y no de diferencia de clase. De cada una de las tribus procedían los representantes que figuraban en los diversos órganos de poder de la ciudad: el Consejo o boulé, donde se preparaban las leyes; la pritanía, comisión permanente equivalente de algún modo a los actuales gobiernos; los tribunales…, sin olvidar el ejército: de cada una de las tribus emanaban los diez estrategos encargados de dirigir la milicia ciudadana. La soberanía reposaba en la Asamblea o ekklesía, en la que participaban directamente todos los ciudadanos. Como contrapeso de este poder popular se mantuvo durante décadas un órgano equivalente de algún modo a los actuales senados: los arcontes, procedentes de la vieja aristocracia, y que también componían la suprema instancia judicial de la ciudad: el Areópago. Este ingenioso sistema, producto de la razón aplicada a la política, se convirtió en un modelo para todo el mundo griego, en las décadas en que Atenas ostentaba una supremacía con la que sólo podía rivalizar Esparta, modelo a su vez de Estado aristocrático. Pericles introdujo nuevas reformas en el régimen de Clístenes, y ni siquiera la derrota militar en la guerra del Peloponeso terminó con él. Serían los soberanos helenísticos los que lo desnaturalizarían hasta convertirlo tan sólo en un recuerdo.
Fue imperialista, conoció episodios turbios y excluyó de su seno a mujeres, extranjeros y esclavos. Y, con todo, el régimen democrático de Atenas fue el único sistema político de la Antigüedad que hizo de la mayoría de sus miembros dueños de su propio destino. Es sabido que el término «democracia», «gobierno del pueblo», es invención de los griegos de la Antigüedad. Desde luego, su sistema no era exactamente el mismo que el de las democracias parlamentarias que se impusieron en Europa desde el siglo XIX, Pero tampoco puede negarse que en Atenas, la ciudad donde el régimen democrático griego alcanzó su máxima expresión, el pueblo tenía una conciencia muy clara de cuáles eran sus derechos e hizo todos los sacrificos necesarios para defenderlos. Aunque se cometieron errores y excesos, la democracia ateniense fue un logro extraordinario que tendría una influencia indudable en la génesis de la democracia moderna. Las raíces del sistema ateniense se encuentran en las reformas de Solón, en el año 594, por las que se restringuía el poder de la aristocracia, se daban una serie de garantías y prerrogativas a las clases populares y se establecía una legislación escrita igual para todos. Pero sería Clístenes, a finales del mismo siglo VI a.C., quien creara el modelo político que perviviría durante casi tres siglos. Su punto de partida fue una nueva ordenación del pueblo en tribus, un total de diez, establecidas con arreglo a criterios de equilibrio social y no de diferencia de clase. De cada una de las tribus procedían los representantes que figuraban en los diversos órganos de poder de la ciudad: el Consejo o boulé, donde se preparaban las leyes; la pritanía, comisión permanente equivalente de algún modo a los actuales gobiernos; los tribunales…, sin olvidar el ejército: de cada una de las tribus emanaban los diez estrategos encargados de dirigir la milicia ciudadana. La soberanía reposaba en la Asamblea o ekklesía, en la que participaban directamente todos los ciudadanos. Como contrapeso de este poder popular se mantuvo durante décadas un órgano equivalente de algún modo a los actuales senados: los arcontes, procedentes de la vieja aristocracia, y que también componían la suprema instancia judicial de la ciudad: el Areópago. Este ingenioso sistema, producto de la razón aplicada a la política, se convirtió en un modelo para todo el mundo griego, en las décadas en que Atenas ostentaba una supremacía con la que sólo podía rivalizar Esparta, modelo a su vez de Estado aristocrático. Pericles introdujo nuevas reformas en el régimen de Clístenes, y ni siquiera la derrota militar en la guerra del Peloponeso terminó con él. Serían los soberanos helenísticos los que lo desnaturalizarían hasta convertirlo tan sólo en un recuerdo.
Roma:
Muchos de los rasgos referentes a la ciudadanía romana son totalmente diferentes de los de Grecia. La condición de ciudadano en Roma se hizo mucho más flexible, e instituyeron varios grados de ciudadanía.
La democracia ateniense
Fue imperialista, conoció episodios turbios y excluyó de su seno a mujeres, extranjeros y esclavos. Y, con todo, el régimen democrático de Atenas fue el único sistema político de la Antigüedad que hizo de la mayoría de sus miembros dueños de su propio destino.Es sabido que el término «democracia», «gobierno del pueblo», es invención de los griegos de la Antigüedad. Desde luego, su sistema no era exactamente el mismo que el de las democracias parlamentarias que se impusieron en Europa desde el siglo XIX, Pero tampoco puede negarse que en Atenas, la ciudad donde el régimen democrático griego alcanzó su máxima expresión, el pueblo tenía una conciencia muy clara de cuáles eran sus derechos e hizo todos los sacrificos necesarios para defenderlos. Aunque se cometieron errores y excesos, la democracia ateniense fue un logro extraordinario que tendría una influencia indudable en la génesis de la democracia moderna. Las raíces del sistema ateniense se encuentran en las reformas de Solón, en el año 594, por las que se restringuía el poder de la aristocracia, se daban una serie de garantías y prerrogativas a las clases populares y se establecía una legislación escrita igual para todos. Pero sería Clístenes, a finales del mismo siglo VI a.C., quien creara el modelo político que perviviría durante casi tres siglos. Su punto de partida fue una nueva ordenación del pueblo en tribus, un total de diez, establecidas con arreglo a criterios de equilibrio social y no de diferencia de clase. De cada una de las tribus procedían los representantes que figuraban en los diversos órganos de poder de la ciudad: el Consejo o boulé, donde se preparaban las leyes; la pritanía, comisión permanente equivalente de algún modo a los actuales gobiernos; los tribunales…, sin olvidar el ejército: de cada una de las tribus emanaban los diez estrategos encargados de dirigir la milicia ciudadana. La soberanía reposaba en la Asamblea o ekklesía, en la que participaban directamente todos los ciudadanos. Como contrapeso de este poder popular se mantuvo durante décadas un órgano equivalente de algún modo a los actuales senados: los arcontes, procedentes de la vieja aristocracia, y que también componían la suprema instancia judicial de la ciudad: el Areópago. Este ingenioso sistema, producto de la razón aplicada a la política, se convirtió en un modelo para todo el mundo griego, en las décadas en que Atenas ostentaba una supremacía con la que sólo podía rivalizar Esparta, modelo a su vez de Estado aristocrático. Pericles introdujo nuevas reformas en el régimen de Clístenes, y ni siquiera la derrota militar en la guerra del Peloponeso terminó con él. Serían los soberanos helenísticos los que lo desnaturalizarían hasta convertirlo tan sólo en un recuerdo.
Fue imperialista, conoció episodios turbios y excluyó de su seno a mujeres, extranjeros y esclavos. Y, con todo, el régimen democrático de Atenas fue el único sistema político de la Antigüedad que hizo de la mayoría de sus miembros dueños de su propio destino.Es sabido que el término «democracia», «gobierno del pueblo», es invención de los griegos de la Antigüedad. Desde luego, su sistema no era exactamente el mismo que el de las democracias parlamentarias que se impusieron en Europa desde el siglo XIX, Pero tampoco puede negarse que en Atenas, la ciudad donde el régimen democrático griego alcanzó su máxima expresión, el pueblo tenía una conciencia muy clara de cuáles eran sus derechos e hizo todos los sacrificos necesarios para defenderlos. Aunque se cometieron errores y excesos, la democracia ateniense fue un logro extraordinario que tendría una influencia indudable en la génesis de la democracia moderna. Las raíces del sistema ateniense se encuentran en las reformas de Solón, en el año 594, por las que se restringuía el poder de la aristocracia, se daban una serie de garantías y prerrogativas a las clases populares y se establecía una legislación escrita igual para todos. Pero sería Clístenes, a finales del mismo siglo VI a.C., quien creara el modelo político que perviviría durante casi tres siglos. Su punto de partida fue una nueva ordenación del pueblo en tribus, un total de diez, establecidas con arreglo a criterios de equilibrio social y no de diferencia de clase. De cada una de las tribus procedían los representantes que figuraban en los diversos órganos de poder de la ciudad: el Consejo o boulé, donde se preparaban las leyes; la pritanía, comisión permanente equivalente de algún modo a los actuales gobiernos; los tribunales…, sin olvidar el ejército: de cada una de las tribus emanaban los diez estrategos encargados de dirigir la milicia ciudadana. La soberanía reposaba en la Asamblea o ekklesía, en la que participaban directamente todos los ciudadanos. Como contrapeso de este poder popular se mantuvo durante décadas un órgano equivalente de algún modo a los actuales senados: los arcontes, procedentes de la vieja aristocracia, y que también componían la suprema instancia judicial de la ciudad: el Areópago. Este ingenioso sistema, producto de la razón aplicada a la política, se convirtió en un modelo para todo el mundo griego, en las décadas en que Atenas ostentaba una supremacía con la que sólo podía rivalizar Esparta, modelo a su vez de Estado aristocrático. Pericles introdujo nuevas reformas en el régimen de Clístenes, y ni siquiera la derrota militar en la guerra del Peloponeso terminó con él. Serían los soberanos helenísticos los que lo desnaturalizarían hasta convertirlo tan sólo en un recuerdo.

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